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Entre 2 Columnas

El Universo en un Grano de Arena

lunes, febrero 07, 2005

TACIRUPECA JARRO Y LE BOLO
(Versión libre del popular cuento “La Caperucita Roja y el Lobo”)


En un oscuro bosque de cedros se dejaban sentir las apenas audibles pisadas producidas por los menudos pies de una linda joven de unos veinte años, de rubias y largas trenzas, vestida con un ajustado pantalón de cuero rojo y una parka brillante del mismo color, que caminaba con soltura por entre los árboles que filtraban un poco de la luz del mediodía. Iba cantando una canción de ´Adrián y los Dados Negros`, mientras llevaba un gran canasto de mimbre bajo el brazo, lleno de diversos alimentos como leche, frutas, hortalizas surtidas y otras cosas. Mientras caminaba por el sendero del bosque, resonaban en su mente las palabras que le dijera su Madre antes de salir: “Toma, Tacirupeca, anda con este canasto a casa de La Abuelita y entrégaselo; pero ten mucho cuidado con Le Bolo que merodea en lo más profundo del bosque, porque ya ha atacado a varias Tacirupecas y las ha matado. Así que apenas se lo entregues a La Abuelita, vuelve inmediatamente, no sea cosa que Le Bolo te encuentre y nos provoque problemas; toda la gente del bosque lo busca para darle su merecido”. A lo que Tacirupeca respondió: “No te preocupes Madre, no le tengo miedo a Le Bolo, porque en mis clases de defensa personal, me enseñaron a hacer frente a los malvados como ese animal.” Y mientras decía esto, palpaba con su mano la empuñadura de su revólver calibre 22.
Mientras esto ocurría, en un claro del bosque un astuto y fiero animal se paseaba de un lado a otro, murmurando palabras ininteligibles. De pronto se detuvo, vio la hora en el reloj -las 13:45- y dijo: “Muy bien; ya es la hora” y, luego de ponerse sus zapatillas y su impermeable gris, salió a la calle y tomó un colectivo que decía “El Bosque - Casa de La Abuelita”, pagó $600 al chofer, y al cabo de 40 minutos de viaje, llegaba a una casita junto a un cerro. Hizo un rodeo por fuera de la reja electrificada, buscando por dónde introducirse. Encontró un árbol con grandes y frondosas ramas y utilizó una de ellas, que pasaba por sobre la reja, para saltar al interior del patio, no sin cierta dificultad, pues casi resbala y cae. Agazapado, corrió con rapidez hacia una de las ventanas; la encontró entreabierta y, cuidando de no hacer ruido, entró. Una vez dentro, evaluó la situación escondido detrás de un sillón de felpa; revisó sus bolsillos como asegurándose que llevaba algo consigo. Luego, incorporándose, caminó pegado a las paredes, buscó con su penetrante mirada, olió con su desarrollado olfato y escuchó con las orejas erguidas. Detectó un ruido que venía desde una habitación a la derecha de donde se encontraba y, haciendo acopio de todo su valor y confiando en sus instintos, saltó súbitamente al interior. Allí estaba La Abuelita, recostada sobre una gran cama con dosel, viendo televisión con un vaso de whisky en la mano. “¡Te pillé!”, gritó Le Bolo y un estampido fue lo último que Abuelita escuchó en su ya larga vida, pues la bala de una Magnum 44 salía del cañón de la pistola de Le Bolo y se incrustaba justo entre sus ojos. Un hilillo de sangre que corría por su frente hasta la almohada, indicaba que Abuelita había dejado de existir. Le Bolo se secó con un pañuelo que sacó de su bolsillo, el sudor que caía copiosamente por su frente y comenzó a desarmar las ropas de la cama; luego le quitó las vestimentas a la Abuelita y se las puso él, junto con un gorro de dormir que había sobre el velador y que tenía bordadas en letras celestes las palabras “I LOVE N.Y.”; luego escondió el aún tibio cadáver de La Abuelita en un armario y se metió en la cama, tapándose hasta el cuello, a esperar la llegada de Tacirupeca. Sólo le quedaban a la vista sus enormes orejas, su gran nariz y sus ojos inyectados de sangre.
Tacirupeca Jarro había llegado, con su canasto, a los pies de un pequeño cerro en uno de cuyos faldeos se levantaba el bonito bungalow de dos pisos, que La Abuelita se había mandado a construir con el fruto de sus negocios de exportaciones hacia Oriente. Tocó el timbre del portero automático y por el intercomunicador una voz apenas audible dijo: “¿Si?” y Tacirupeca respondió: “Soy yo, Abuelita; ¡ábreme la puerta!”. Un ruido metálico resonó en el bosque y la puerta quedó abierta. Tacirupeca la cerró tras de sí y se dirigió a la casa. Subió los tres peldaños de madera de la escala y entró confiadamente, sin saber lo que le esperaba. Llegó al umbral de la puerta de la habitación de La Abuelita y dijo: ”Hola, Abuelita, ¿cómo estás?”. “Un poco resfriada”, respondió Le Bolo, disimulando la voz. “Aquí te traigo este canasto con frutas, verduras y otras cosas que envía Mamá”. Le Bolo se agitó un poco en la cama y, bajando la voz, le dijo a Tacirupeca: ”No te escucho bien, Tacirupeca, ¿podrías acercarte un poco más?”. Ella se acercó y, de pronto, se detuvo en seco, diciendo: “¡Pero qué orejas tan grandes tienes, Abuelita!” “Son para oírte mejor, Tacirupeca” “Y qué ojos tan grandes tienes, Abuelita” “Son para verte mejor, Tacirupeca”, respondió Le Bolo. Súbitamente y sin mediar otra cosa, Tacirupeca exclamó: ¡No me engañas, maldito Le Bolo” y sacó su revólver, disparándole casi a quemarropa a la cara. Le Bolo alcanzó a evitar el impacto y desde debajo de la ropa de cama salió el disparo de su Magnum, que le dio a Tacirupeca en el hombro izquierdo, botándola al suelo. Le Bolo brincó rápidamente sobre ella, pero ésta ya se estaba incorporando, mientras le decía: “¡Cobarde animal!. ¿Acaso no eres lo suficientemente valiente para pelear conmigo cuerpo a cuerpo? ¿O tienes miedo?” Le Bolo bajó el arma y una chispa de furia atravesó por su mirada; no era la primera vez que una Tacirupeca le hablaba así. “Muy bien”, dijo, “será cuerpo a cuerpo, pero antes dime: ¿cómo me descubriste?”. ”Fue muy sencillo: no dijiste correctamente la contraseña” Sorprendido Le Bolo dijo: “¿Qué contraseña?” “¡Esta!”, contestó Tacirupeca y le propinó un puntapié en el estómago a Le Bolo, haciéndolo agacharse, ocasión que aprovechó ella para darle un golpe en pleno rostro y decirle: “No debiste haber dicho ‘Para verte mejor’, sino ‘Para mirarte mejor’; eres un estúpido”. Le Bolo intentó levantarse, pero Tacirupeca lo pateó ahora en las costillas, haciéndolo aullar de dolor. Arrastrándose como podía, el animal trataba de protegerse del instinto de exterminio que Tacirupeca aplicaba contra su enemigo. Pero de pronto cayó desde el armario el cuerpo sin vida de Abuelita, haciendo que Tacirupeca perdiera el equilibrio. Le Bolo se abalanzó sobre su pistola y sin mediar advertencia, abrió fuego. Tacirupeca, con los ojos desorbitados y la boca abierta, cayó sobre el canasto que había depositado en el suelo, revelando su verdadero y más importante contenido: bajo las frutas y hortalizas, se escondía una bolsa de 2 Kg de pasta base. Le Bolo, con el semblante de la angustia de estar a punto de perder la vida reflejado en el rostro, se sentó en la cama, mirando las dos formas inertes, mientras de su revólver salía una voluta de humo. Era otra Tacirupeca Jarro eliminada.


LA ÚLTIMA MISIÓN
(Versión de Le Bolo)

Me tiene choreado esta pega: a cada rato hay que salir al bosque a buscar Tacirupecas... ¡y con el frío que hace hoy día! Pero de alguna forma hay que ganarse los porotos; tengo una esposa y cinco cachorros que mantener y no quiero que tengan el mismo destino que yo. No quiero que mis hijos estén arriesgando la vida para poder vivir... ¡Qué ironía! Tener que estar todos los días corriendo el riesgo de que una bala disparada por una de esas malditas Tacirupecas te dé en pleno rostro o de que una Abuelita te ponga otro balazo en la cabeza. ¡Qué asco de trabajo!; pero vamos, ya es la hora y no tengo tiempo que perder; esta semana no me autorizaron las horas extras y más encima ahora al jefe se le puso en la cabeza que hay que aplicar indicadores de gestión para mejorar el desempeño de los Bolos. Como si no fuera ya bastante difícil esta pega. ¿Dónde puse la plata para pagar el colectivo?...¡Ah! aquí está...¡Ni viático nos dan; tenemos que pagarnos nosotros mismos el pasaje, la comida y cualquier otro gasto que hagamos!...¡Grrr! Pero ya basta: sangre fría necesito ahora o, si no, me vuelan la cabeza... Ahí viene el colectivo... ¿A ver?... Sí; es el que me sirve. Para peor, esta cuestión viene llena y me tocó una vieja gorda al lado. Parece que voy a tener un mal día; lo único que falta, es que me pase del paradero y el próximo está como a tres kilómetros y estos choferes nunca paran entremedio. Tienen más mala voluntad. ¡Y eso no sería nada: ¿Y si me matan?! Hoy día tengo que vérmelas con una Abuelita y con una Tacirupeca que son, lejos, las más malas del bosque. En una de esas me hacen una emboscada y me despachan... Ya, mejor no pienso más en eso; voy a poner la mente en blanco...
...Pero con esta vieja gorda de al lado y que más encima parece que no se bañó, ¿quién puede poner nada en blanco? ¡Qué lata!...
Ya llegamos. Hummm, a ver por dónde se puede entrar a esta casa. Allí hay un árbol con una buena rama para saltar al otro lado y no electrocutarme en la reja... ¡Epa! casi me caigo. Hasta ahí no más habría llegado con mi carrera de Bolo... Parece que la Abuelita está sola; tanto mejor: así puedo operar tranquilo y es de esperar que todo salga bien. Aquí hay una ventana abierta... Ya estoy adentro. ¿Llevaré todo conmigo? A ver, la placa, la pistola, mis píldoras para los nervios... ¡Sí!, tengo todo. Ahora a ubicar a la Abuelita. Escucho un ruido en esa pieza... supongo que será ella. ¿Salto o no salto? ¡Aaah, salto no más!... La carita que puso la vieja,... ¡Uf, qué estampido! Parece que nunca voy a terminar de acostumbrarme al ruido que las pistolas hacen al disparar, pero ya está muerta... Una menos. Ahora tengo que disfrazarme con las ropas de la Abuelita; pero tienen manchas de sangre; obligado a ponérmelas así no más. Rápido, que la Tacirupeca debe estar por llegar y si me pilla aquí, sueno. Voy a tener que dejar a la Abuelita dentro del ropero, para que no se vea; ojalá que no se caiga en un mal momento o no chorree mucha sangre. ¿Cómo me veo? ¡Pésimo! la ropa me queda grande; es que estoy muy flaco y parece que hice mucha dieta además. Mejor me meto a la cama...
¡El timbre! Aquí llegó la Tacirupeca y ¡pucha! no me tomé las pastillas para los nervios; capaz que se dé cuenta que estoy nervioso y me pille. Mejor contesto... Viene entrando... Ahora tengo que disimular bien la voz, o si no... ¿Y por qué me pregunta eso, sospechará algo? Pero parece que voy bien. ¡Chuta, me equivoqué!... ¡Eh, un disparo!: esta Tacirupeca no se anda con chicas, apenas esquivé el balazo, pero yo le di en el hombro, voy a saltar encima para reducirla... Ya está de pie; que es rápida esta cabrita... ¡Ah, claro! como si fuera poca mi mala suerte, me reta a pelear cuerpo a cuerpo con ella y me trata como a un cobarde. ¡Es el colmo, me aburrí!... Le voy a sacar la mugre... Pero antes le pregunto cómo me descubrió... ¡¡Uff!!... Desgraciada, me sacó todo el aire... ¡¡Agg!!... Tengo que pararme...¡Ay!... ¡Se le cayó la Abuelita encima! Esta es la mía. ¡La pistola! ¿Dónde está la pistola? ¡Aquí!... Ahí te va lo tuyo, maldita Tacirupeca...
Por las cosas que hay que pasar; mañana mismo le presento la renuncia al jefe; no me importa que no me paguen finiquito, pero ya no aguanto más esta vida de sobresaltos. Todo el día esperando que aparezca alguien por detrás y me mate o que, en el mejor de los casos, me den una paliza hasta dejarme medio muerto. Estoy aburrido de andar persiguiendo Tacirupecas y Abuelitas traficantes y con lo que pagan, también. Estoy enfermo de los nervios, tengo la presión a cien por hora y el corazón ya ni lo siento de lo rápido que va. Un día de estos me va a dar un ataque en medio de una misión y me van a zurcir a patadas y a nadie le va a importar. Seguro que me van a hacer un lindo funeral; alguien, seguramente el jefe, va a hablar de lo leal y buen agente que yo era y todo lo demás, igual que cuando mataron a mi colega el Coyote en el desierto. Ese Correcaminos sí que se ensañó con el pobre Coyote.
Bueno, no saco nada también con quejarme; total, nadie me escucha... Mejor me voy a la casa a dormir.

UN TUNAZO EN LA CABEZA
(Versión de la Tacirupeca)

Mi Mamá siempre me manda a mí a dejarle encarguitos a la Abuelita; ¿acaso no hay otro gil que pueda hacer lo mismo? ¡No; siempre tiene que ser la Tacirupeca, la Tacirupeca! ¡Hasta cuándo, por la cresta!; hace tiempo que tengo ganas de hacer trabajos más importantes, que andar repartiendo las porquerías de canastos con pasta base a la Abuelita; si no fuera porque me pagan bien, ya me habría echado al pollo y habría aceptado ese trabajo en el café Top-less de los Tres Chanchitos: son medios cochinos los jetones, pero la pega es re entretenida... hay gallos con plata que te sacan a pasear, te invitan a comer y a tomar unos tragos y lo único que te piden a cambio, es que les hagai alguna cosita... Claro que son medios viejos, los huevones, pero... ¡Qué le vamos a hacer, total es por la plata y una es una mercenaria del trabajo!
Lo único bueno de estos viajes donde la Abuelita, es que de repente me encuentro con El Cazador y en una de esas pasa algo. Por eso me puse este pantalón de cuero que me queda bien apretadito, a ver si se tienta y atina conmigo; y no como la última vez que el gil estuvo como cuatro horas hablándome de su mamá, su trabajo y de puras tonteras y ni me tocó siquiera. ¿Será colihuacho este huevón?.
Con la cuevita que tengo, seguro que me encuentro con un Le Bolo y capaz que me mate; y si no me mata me confisca la pasta base y voy a tener problemas con mi Madre. Pero ando con la pistola. Apenas me cabía en la cartera, pero la eché... Allá está la casa de la Abuelita; se ve tranquilo todo... Demasiado tranquilo, diría yo. Mejor me meto la pistola en el bolsillo, por si las moscas y, además, voy a ocupar la contraseña. Por no ocuparla, la otra vez hicieron pebre a balazos al Piolín entre como cinco gatos. Pobre gallo, quedó como plumero viejo, y cómo lloraba su Abuelita en el funeral, se quería matar la vieja. Además perdió como cinco millones, porque los gatos se llevaron la mercancía y la quemaron.
La Abuelita contestó bien la contraseña. Se ve todo normal en la casa, pero no confiemos, puede haber un Bolo en cualquier parte... ¡Aquí está la Abuelita!... La encuentro media rara; está muy nerviosa: le voy a preguntar la contraseña nueva a ver qué pasa... ¡Cresta, no era ná la Abuelita! ¡¡Un Bolo!!... ¡Tómate esta papita, Bolito!... ¡Mierda!, me dio un tungazo en el hombro; tiene buenos reflejos este jetón, tengo que enfrentarlo de otra forma. ¡Puta que duele!... Hay que ser maletera no más: ahí tenís una buena pata`a en la guata, y toma otra más en las costillas, Bolo maricón. ¿Me quería matar el muy boludo?... ¡Eh, qué cresta pasa! ¡Ahh, la Abuelita; la mató este desgraciado!... ¡Epa, me va a pegar un tungazo en la cabeza... ¡¡Chu...!!

1 Comments:

At 30/1/06 12:17 a. m., Blogger Anaís said...

Jajajajaja...

Todo depende del cristal con que se mire...

Buen divertiemento, gracias.

Sigo leyendo su blog. Hace tiempo que no escibe...

 

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